
«El que apuesta al dólar pierde», decía una vieja frase que, con el tiempo, pareció envejecer mal. Hoy, en una Argentina marcada por las tensiones cambiarias, los ajustes brutales y una creciente dependencia de factores externos, esa máxima se invierte, se resignifica y, en algunos círculos, hasta se celebra. Y es que la economía argentina de los últimos tiempos se ha transformado en un auténtico laboratorio. Aquí, las variables tradicionales ya no alcanzan para explicar lo que sucede. El nuevo paradigma económico, con fuertes vínculos ideológicos con figuras como Donald Trump, plantea más preguntas que respuestas.
Desde la llegada de Javier Milei al poder, los ojos del mundo se posaron sobre el país no solo por sus reformas disruptivas, sino también por el modo en que dichas transformaciones se implementan: sin anestesia, sin gradualismo, sin margen para retroceder.
Y, por si fuera poco, con una confianza a prueba de balas en la dolarización de facto. En ese marco, muchos argentinos, sobre todo los más jóvenes y digitalizados, buscan alternativas para proteger sus ahorros y capitalizar movimientos financieros. Aquí es donde el interés por el trading, el análisis técnico y las plataformas como EasyMarkets cobra fuerza. Porque si el mercado local es impredecible, ¿por qué no mirar hacia afuera? Aunque no cabe duda de que operar en mercados internacionales requiere de conocimientos y paciencia, también ofrece una válvula de escape para quienes ya no confían en las promesas locales.
Un plan económico salvado desde el exterior
La tesis de que Argentina necesita “ayuda externa” para sobrevivir no es nueva. Pero no deja de ser preocupante cuando se convierte en la única esperanza.
Según algunos analistas, el actual modelo económico se habría desplomado antes de las elecciones legislativas si no fuera por el apoyo explícito de Trump y su entorno. Así lo expresó Ernesto Tenembaum en un editorial que no tardó en generar ruido: «Trump lo salva, sin Trump no funcionaba esto». Y, por otra parte, advirtió que esta estrategia de alinearse con los poderosos tiene un costo en dólares gigantesco para el país.
La lógica parece simple pero peligrosa: recorte fiscal brutal, apertura financiera, dólar como ancla y promesa de estabilidad vía confianza externa. Pero no solo es un esquema riesgoso para las cuentas nacionales. Por otro lado, también lo es para la estabilidad social.
Porque, mientras se espera ese derrame que nunca llega, miles de argentinos ven licuarse sus ingresos y se enfrentan a una inflación persistente que no da tregua.
Y es que la apuesta a los capitales golondrina, el famoso carry trade, tiene un límite. No solo por la imprevisibilidad del contexto global, sino porque ningún inversor pone plata eternamente en un país que no logra recomponer su tejido productivo.
«Los que invierten en carry trade se llevan dólares», dijo el periodista, y no le falta razón. Los dólares entran, hacen su ganancia rápida, y se van. Así de simple, así de frágil.
Lo que queda en el medio es una economía cada vez más reactiva, menos productiva, más vulnerable. Y la sensación de que, una vez más, el corto plazo le gana al futuro.
Entre la violencia simbólica y la incertidumbre real
Pero el problema no es solamente económico. Y eso es lo más preocupante. Como bien señaló Tenembaum, «en Brasil, la violencia se convierte en política de Estado; en Argentina, la política se convierte en experimento económico». Y eso se traduce en tensión. En calle. En miedo. Y también en resignación. Porque aunque el Gobierno intenta mostrar señales de éxito, la gente común todavía no las ve reflejadas en su día a día.
Los precios siguen subiendo, el empleo informal crece, y la clase media se achica. Por si fuera poco, cada anuncio oficial parece estar más enfocado en agradar a audiencias extranjeras que en responder a las urgencias locales. Se habla de libertad, de eficiencia, de futuro, pero los problemas son bien presentes. Y bien concretos.
Algunos sectores productivos, como el agro, logran surfear la crisis con exportaciones récord, aprovechando el tipo de cambio y los precios internacionales. Pero esa bonanza no se traduce, al menos por ahora, en un alivio generalizado. Más bien lo contrario: se acentúa la brecha entre quienes pueden acceder al dólar y quienes dependen del peso para sobrevivir.
Un abismo que se amplía con cada ajuste y cada nuevo experimento de laboratorio.
Porque, aunque haya quienes celebren la disciplina fiscal como una virtud incuestionable, no hay política económica exitosa si deja a la mitad del país afuera. Y en ese sentido, el tiempo corre. No solo para los que tienen urgencias, sino también para un modelo que se sostiene, por ahora, más en expectativas que en resultados. Y en un país tan golpeado como el nuestro, esperar no siempre es una opción.